Notas
  • Compartir

01/12/2024

María Martoccia: “Armar mis relatos me permite ser otro-a”

María Martoccia, nacida en Buenos Aires en 1957, es una destacada escritora y licenciada en Letras por la UBA. Publicó los libros de cuentos Caravana (Sudamericana, 1996, reeditado en 2009), Enemigos de la lluvia (Beatriz Viterbo, 2015) y Campo Santo (Beatriz Viterbo, 2024), así como novelas como Los oficios (Sudamericana, 2003), Sierra padre (Sudamericana, 2006), Desalmadas (La Bestia Equilátera, 2010), Años de gracia (Tusquets, 2016) y La mujer sin razón (Beatriz Viterbo, 2022). Además, es coautora junto con Javiera Gutiérrez de las semblanzas biográficas Cuerpos frágiles, mujeres prodigiosas (Sudamericana, 2002).

1. En Campo Santo (2024), recientemente publicado por Beatriz Viterbo, nos encontramos con historias que pertenecen al pasado o al futuro de personajes que conocemos de otras ficciones tuyas. ¿Cómo construís tus personajes y cómo es la relación que mantenés con ellos (siguen viviendo en tu cabeza o terminan cuando dejaste de escribir el libro)?

2. En La mujer sin razón (2022) escribís desde la voz de una niña ¿qué de esta niña se relaciona con tu yo actual y qué con aquella que fuiste?

3. En Beatriz Viterbo, también publicaste Enemigos de la lluvia (2015) que, como Campo Santo, narra historias que suceden en distintas partes del mundo. Vos también viviste en muchas partes del mundo… ¿cómo construís esos imaginarios que entrecruzan personajes de pueblos con zares, reyes, diplomáticos o animales exóticos?

4. Hay en tu literatura muchísimo humor y también personajes con enormes depresiones, alcohólicos, suicidas, dementes. Es muy interesante como tu literatura expone la complejidad de esta convivencia ¿te interesa particularmente plantearlo o es algo que surge en la misma instancia de tu escritura?

5. Pensar tu literatura es pensar la potencia de los diálogos que mantienen tus personajes literarios. No solo tenemos lo que se nos cuenta, sino también aquello que no nos decís, que nos dejas entrever entre chismes, susurros, partes de secretos que se escuchan detrás de la puerta... ¿Cuáles son los elementos de la vida cotidiana, tus experiencias de vida y las historias de los otros que te interpelan para construir luego con ello tu literatura?

6. Hay un tono, un registro en la composición de algunos personajes femeninos y en otros gay o trans de tus historias que nos permiten pensarte como una autora que empatiza con un modo queer de leer el mundo. ¿Es esta lectura viable?

7. ¿La amplitud temática que caracteriza tu obra es la excusa para la experimentación literaria?

8. ¿Qué autores y qué libros son aquellos con los que te identificás o pensás en comunión con tu propia obra?

9. ¿Estás escribiendo? ¿Cuál es tu próximo proyecto?

MM: No me pidan pensar cómo hago lo que hago, permitan que escribir, para mí, siga conservando el encanto de las cosas que no entiendo. Sé que armar mis relatos me permite ser otro-a, y eso me da una libertad absoluta y que, cuando termino un diálogo, siento como si me hubieran dado una transfusión de sangre. Todos mis escritos parten de algo que vi, escuché, un cartel que leí, un recuerdo. A ver: En la década de los 90, viví unos cuantos años en Brighton, Inglaterra. Es una ciudad costera a donde, en esa época, había muchos estudiantes, en su mayoría chicas japonesas que estudiaban inglés y engordaban unos cuantos kilos porque pasaban de comer pescado y arroz a llenar tostadas con manteca y dulce. Debido a este aluvión de estudiantes, muchas mujeres solas, jubiladas en su mayoría, alquilaban habitaciones. Pienso todo esto, me siento y escribo:   

Mrs Wood corrió a casa de su vecino y tocó el timbre con insistencia:

— ¡Mishiko is dead!  ¡Mishiko killed herself! — gritó.

Adam, el vecino de la mujer, estaba en la cocina preparando unos huevos revueltos para desayunar. Escuchó el timbre, los gritos (que supuso se debían a algún reclamo intrascendente) y tardó unos minutos en decidir qué hacer. Tenía la esperanza de que Mrs Wood desistiera pero, finalmente, abrió la puerta.

Mrs Wood, vestida con una bata que alguna vez fue rosa, sucia de tierra en los puños, y el pelo suelto y largo, demasiado largo para una mujer de setenta años, respiraba agitada. Había bajado los dos pisos de su casa corriendo y ni siquiera se había ocupado de cerrar la puerta ni de atender a Melody que, a su lado, daba saltos y ladraba sin parar. Cuando vio a Adam, impecable, sereno, repitió:

— Mishiko is dead, she killed herself.

Adam la hizo pasar a la sala y le ofreció sentarse en un cómodo sillón con dos almohadones de seda. Él se quedó de pie y, sin disimular, se fijó la hora en su reloj pulsera, indicando -así al menos pensó- que contaba con un tiempo limitado. Mrs Wood y Adam no se llevaban bien. A lo largo de diez años, habían discutido varias veces. A ella, le molestaban las continuas fiestas de Adam y su novio (“Estoy segura, Mr Knight, que eran pasadas las doce y la música seguía a todo volumen.” “Quedaron botellas en mi entrada. Sí, sí, sobre el felpudo que compré hace dos años en Mikonos. Sería una pena que se estropee. Es un recuerdo y, en Inglaterra, un felpudo así cuesta más del doble.” “Entiendo que no fue usted quien tiró las botellas pero uno es responsable de los amigos que invita ¿no?”) Por su parte, Adam Knight, le pedía a Mrs Wood que Melody no se paseara por el jardín de su casa.  “Mrs Wood, le agradecería que controle a su perra. Ángel tiene pájaros, ¿sabe? Una cacatúa y un loro de las Guayanas. Se ponen nerviosos.” Las discusiones nunca habían pasado a mayores, pero la tensión entre los vecinos de Goldstone road 16 y Goldstone road 18 era evidente. Cuando Ángel, el novio sudamericano de Adams, se encontraba con Mrs Wood, no disimulaba el fastidio que sentía, no la saludaba como hacen los buenos vecinos, ni, en caso de que la viera cargar bolsas, le ofrecía ayuda. A su vez, hacía unos cuantos años, después de una fiesta muy ruidosa en Goldstone road 18, Mrs Wood, había tirado a la basura un par de cartas dirigidas a Ángel Granado Noqueira da Gama. Una tontería de la cual se arrepentía. “Vaya, vaya”, había pensado Mrs Wood al leer el nombre escrito en el sobre. “Parece que el novio de mi vecino es un aristócrata.” Un pensamiento totalmente errado, ya que Ángel había nacido en un barrio pantanoso y miserable de Georgetown, capital de la Guayana Británica. Recién, a los veinticinco años, en Londres, había visto por primera vez mariscos congelados y había entrado a un museo con miles y miles de obras. Los punks que atendían en las oficinas públicas le parecieron -contradiciendo su horripilante aspecto- las personas más amables del mundo. Sintió pena por los nenes ingleses a quienes sus padres sometían a toda clase de reglas y le encantó que la gente se vistiera como le daba la gana y malcriara a sus mascotas al punto de desheredar a los hijos. Pero, más que nada, Ángel adoraba el anonimato de una ciudad inmensa, pródiga como Londres, donde el abanico de posibilidades es infinito. En sus días libres, solía tomar el subte o el tren, inspeccionar calles y parques, cometer algunas “tonterías”, como él mismo las llamaba. Una vez, se compró unos zapatos con taco muy alto, se los calzó y se paseó por el césped húmedo de Brockwell Park. Un día ventoso, en otoño, caminó a la par de un chico lindo que salía del club y le acarició el pelo. “La tentación del anonimato es tan grande”, pensaba Ángel, y, en Brixton, fumó un porro con un jamaiquino de piernas larguísimas y, en Elephant and Castle, fingió ser recién llegado al país y se hospedó por unas horas en un hostel de peruanos donde comió ceviche. Con todo esto quiero decir: Ángel se había adaptado a Inglaterra y, muy, muy pocas veces extrañaba los arcos iris de las Guayanas y los peces voladores que llenaban el aire con sus escamas de plata.

CONTINUA UNAS CUANTAS PÁGINAS MÁS