01/11/2024
La gran batalla queer
Entrevista a Mariano López Seoane
Compartimos una entrevista exclusiva con Mariano López Seoane, autor de Donde está el peligro. Estéticas de la disidencia sexual (Beatriz Viterbo, 2019).
Mariano es escritor, profesor e investigador de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Actualmente dirige la Maestría en Estudios y Políticas de Género de esa universidad, en donde da cursos de estudios y teoría queer, artes visuales y literatura. También es profesor de estudios latinoamericanos en New York University (NYU).
Paralelamente se desempeña como crítico, curador y traductor especializado en teoría. Ha curado exhibiciones y coordinado programas públicos en el Centro de Arte Contemporáneo de MUNTREF, ISLAA, MALBA, el Museo Nacional de Bellas Artes, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y el programa internacional Art Basel Cities. Sus artículos sobre arte, literatura, cine, teatro y políticas culturales han aparecido en libros y en medios académicos y periodísticos nacionales e internacionales. Es editor de los volúmenes Los mil pequeños sexos (EDUNTREF, 2019) y Saberes subalternos (EDUNTREF, 2019) y autor de la novela El regalo de Virgo (Mansalva, 2017).
El título de tu libro, recientemente publicado por Beatriz Viterbo (2023), Donde está el peligro, recupera el verso de Hölderlin que continúa diciendo “crece también lo que salva” y te referís a las estéticas de la disidencia sexual. ¿Cómo se configuran esas estéticas en el contexto político actual, tanto a nivel nacional como internacional?
¡Qué pregunta! La idea del título del libro era justamente resaltar ese aspecto de la historia de las disidencias sexuales, que es que a lo largo de su existencia básicamente se gestaron como focos de supervivencia y a veces resistencia en condiciones definitivamente adversas. Y recordar que frente a esas condiciones adversas – que van desde la discriminación al hostigamiento y a la amenaza de exterminio – distintas comunidades imaginaron y pusieron en práctica estrategias sumamente efectivas e inspiradoras. Efectivas porque les permitieron a esas comunidades vivir y sobrevivir. Inspiradoras porque siguen funcionando como pistas o claves al día de hoy. Lo que diría es que lo que enfrentamos hoy es diferente, que el peligro es diferente. Sobre todo lo es porque las condiciones adversas, la amenaza de exterminio, no solo se cierne sobre ciertas comunidades disidentes, como durante el siglo XX, sino sobre la humanidad en su conjunto y sobre su hogar planetario. No estoy diciendo nada nuevo, por supuesto. Esto es algo que se viene señalando desde distintos lugares y de distintas maneras, hace años. Desde mi lugar, y desde mi investigación, me toca preguntarme si esas estéticas de la disidencia sexual que proliferaron a lo largo del siglo XX tienen algo para decirle a la humanidad entera en este instante de peligro. Y creo que sí, que tienen varias cosas para decirle, sobre todo en términos de cómo movilizar la potencia de la imaginación y la producción artística, y estética en general, para formular respuestas políticas. También en términos de cómo fomentar la proliferación de alianzas y acuerdos colectivos. También en términos de la capacidad de las artes de movilizar los afectos y recargar energías, por medio de nuestra astucia para el disfraz, el chisme, el relato, la ironía y el humor. Mi libro empieza de hecho con Act Up, una coalición de grupos afines que se gesta durante la pandemia del sida a fines de los 80s. Y ese capítulo sostiene, y sigo sosteniendo, que Act Up puede ser un espejo en el que mirarse a la hora de pensar cómo imaginar mundos alternativos y cómo luchar colectivamente para manifestarlos.
¿De qué manera tu formación como historiador y tu experiencia como traductor, escritor y curador influyen en tu lectura crítica?
Influyen muchísimo, en parte por lo que decía en la respuesta anterior. En gran medida, Donde está el peligro es un libro de historia. Pero es una historia de las locas, y por lo tanto alocada, que no sigue los protocolos normativos de la historia como disciplina. No por considerarlos vetustos o poco productivos, para nada, sino porque no me servían a mí para lo que quería contar. Pero a la vez la historia está ahí, claramente, como relato fantasma y como principio explicativo. Cecilia Palmeiro dice algo muy lindo en la contratapa del libro, que me honra, y que emparenta mi libro con la idea de Walter Benjamin de escribir un cuento de hadas dialéctico. No sé si llega a tanto, ojalá, pero sí puedo decir que Benjamin es una de mis grandes brújulas, no sólo por los conceptos críticos que nos legó sino también por su afición al relato, un relato que siempre esconde trampas. Pensamos en general en Benjamin como filósofo o como crítico literario, pero Benjamin también puede ser pensado como un narrador de historias, y hasta un historiador, no convencional. Entonces, reitero, la historia para mí es fundamental, clave, pero también es clave distanciarme de algunas de sus exigencias. Y en ese distanciarme aparece, como aparecía en Benjamin, el escritor, o, para no adjudicarme ese título, la persona que cuando escribe no está pensando sólo en el mensaje, en lo que quiere decir o cree que quiere decir, sino también en la forma: el ritmo, los tonos, los silencios, las imágenes, los ecos de lo que escribe.
En cuanto a las otras prácticas en las que he metido la cola, como el diablo, también influyen, muchísimo. Mi tarea como traductor me ha permitido conocer muchos textos de manera íntima, muy cercana, y también me ha obligado a reflexionar sobre la geolocalización de las categorías, su capacidad de desplazamiento siempre limitada, la relación entre su origen y su aplicabilidad más allá de su origen… Esto es clave para pensar en una historia de las disidencias que en nuestro caso y en muchos del mundo occidental es a la vez global y situada, y que ha dependido de traducciones e importaciones a la hora de nombrarse y de pensarse (digo algo obvio: gay, queer y hasta trans como categorías que vienen de otras tradiciones, otras lenguas). En cuanto a mi tarea como curador, o en general como persona cercana a distintas escenas artísticas, me ha resultado clave para conocer modos no discursivos de responder a las condiciones históricas que yo estaba estudiando. Hay obras o intervenciones artísticas que capturan de manera muy clara, tangible – por momentos más clara y tangible que el activismo o la literatura - las estructuras del sentimiento o las vibraciones afectivas que movilizan (o paralizan) a una comunidad en un momento determinado.
La tapa de tu libro fue realizada por Marcelo Pombo, un artista argentino consagrado e identificado con la cultura gay y del underground -para retomar sus orígenes en el Centro Cultural Rojas-. Se trata de dibujos en tinta sobre papel realizados en San Pablo, Brasil, en el año 1982 ¿Cómo dialoga esta imagen visual con tu ensayo?
En efecto, es un dibujo de esa serie, Dibujos de San Pablo, que es una de mis favoritas de ese gran artista. Y que él mismo seleccionó. Yo le conté que quería usar uno de sus dibujos para la portada y él eligió ese, de modo que el libro tiene de alguna manera su sello. Esa serie es realmente fantástica, en todos los sentidos, y muy potente: nos muestra el alcance de una imaginación queer desatada, una imaginación que figura sujetos pero también flora y fauna, paisajes, ecosistemas, el planeta y el cosmos. Es el fruto de una imaginación alocada que nos recuerda las invenciones de un Copi, que tan bien analiza Germán Garrido en otro libro de esta colección.
En lo que refiere a mi libro, la obra de Pombo dialoga de dos maneras. Primero, Pombo, y el Rojas en general, son uno de los momentos de peligro y salvación que estudio, en el último capítulo de hecho, justamente porque permite examinar estrategias muy locales, muy distintivas, elegantísimas por otra parte, y que se distinguen de las que despliega Act Up, por ejemplo. Entonces hay algo en ese nudo que es el Rojas, y en la obra de Marcelo, que resulta clave para entender nuestras estéticas de la disidencia sexual contemporáneas. De hecho, el Rojas y los artistas del Rojas, bajo el liderazgo de Gumier Maier, han sido responsables de la educación sentimental y estética de varias generaciones, hasta hoy. Por otro lado, y en un sentido más micro, en el plano del emblema, el dibujo de tapa es muy representativo de la yuxtaposición de peligro y salvación. La figura que aparece en el centro es una suerte de personaje mitológico, mitad pato mitad vedette, que danza en el centro de un círculo de patos embelesados, hipnotizados, a los que parece regar con brillos que caen de sus manos. Yo lo leo como una evocación alucinada de la experiencia estética transformadora que ofrece la noche gay, con sus divas imperiales, sus reinas de la noche, que cautivan a su audiencia, la someten en cierto punto, la ponen en peligro, pero también le dan vida, le permiten sobre todo encontrar un espacio de comunidad y de expansión, de imaginación también, a salvo de las inclemencias del mundo. Y aquí pensemos, bajando a tierra, que esos dibujos se hacen en el 82 en un viaje largo que Marcelo hace a San Pablo escapando de la menguante pero todavía intolerable dictadura argentina. Brasil ya en el 82 era otra cosa, una sociedad mucho más emancipada sobre todo en el campo del cultivo de los placeres y la sociabilidad disidente, y Marcelo capta con precisión de diamante ese ambiente festivo, peligroso y encantador a la vez.
A partir de tu rol como director de la Maestría en Estudios de Políticas de Género de la Universidad Tres de Febrero (UNTREF) y como profesor de Estudios Latinoamericanos de la New York University (NYU), ¿podrías darnos tu opinión sobre cómo entendés la importancia que tienen las universidades como espacios de formación?
En mi trayectoria personal la universidad y, quiero subrayar, la universidad pública, es una marca indeleble, el momento de un giro definitivo, desde cierta miopía definida por mi edad, por mi clase, por mi entorno, a la posibilidad de mirar todo con otros ojos y de revisarlo todo. No sólo por las ideas, los conceptos, las teorías, las discusiones con docentes y compañeros, sino también por el tipo de apertura a lo público – y a las distintas comunidades que constituyen lo público – que alentaba la universidad. Esto último fue central para mí: entrar en contacto con personas de otra clase, con personas que se dedicaban al activismo, con artistas, con escritores, con movimientos sociales y políticos, etc. Y esto a escala nacional e internacional, porque nuestras universidades son una de nuestras principales ventanas al mundo, definitivamente, al mejor de los cosmopolitismos posibles, hecho de redes y alianzas de investigadores, teóricos, militantes y demás. Entonces basado en mi propia experiencia diría que son EL espacio de formación con el que contamos, sin negar la existencia de otros, que también tienen su potencia por supuesto, y que en algunos casos pueden resultar más potentes. Para algunos será el club, para otros el teatro, para otros el museo, para otros la calle… En todo caso la universidad ofrece la posibilidad de entrar en diálogo con todas esas otras escuelas. Y claramente hay que defenderla como espacio de formación y discusión en momentos en que se la ataca de manera frontal.
Sos profesor en instituciones académicas de Argentina y Estados Unidos. ¿Qué similitudes y diferencias destacás en las participaciones políticas y artísticas queer entre Buenos Aires y Nueva York?
Hay muchas similitudes realmente. En la actualidad lo que veo es que las prácticas activistas y artísticas que se definen y se piensan como queer tienden a pensarse en alianza con otras formas de activismo, y a participar de luchas no necesariamente limitadas a lo identitario, los derechos de la comunidad, etc. Recién hablaba de la universidad, y es notable como en Buenos Aires las marchas a favor de la autonomía universitaria y pidiendo una recomposición del presupuesto universitario tenían participación masiva de artistas y activistas queer, que participaban como parte de un conjunto social que los excede, pero a la vez marcando su especificidad con banderas, pancartas, incluso disfraces. En New York en el último año se vio lo mismo en el caso de las marchas de solidaridad con la causa Palestina, algo especialmente importante en conexión con lo que hace años se denuncia como pink washing por parte del Estado de Israel, una práctica o maniobra que se caracterizó desde la teoría queer.
Por fuera de estas similitudes hay otras en el plano más institucional y que tienen que ver con el gran momento que están viviendo las expresiones artísticas sexodisidentes en los grandes escenarios del mundo del arte. En museos, galerías, bienales, etc, hace años hay un lugarcito asegurado para las producciones queer, y un lugarcito destacado. Baste mencionar la mención de honor que obtuvo nuestra Chola Poblete en la última Bienal de Venecia. De modo que hay una centralidad y una renovada atención a nivel global que impacta en las distintas escenas locales y las acerca, llevando a que ciertas diferencias empiecen a suavizarse. Es notable este acercamiento - que, por supuesto, tienen muchas causas, entre ellas el desarrollo de las tecnologías de comunicación – si se lo compara con lo que sucedía hace 25 o 30 años, cuando el “color local” era mucho más marcado. No digo que no exista – y de hecho se sostiene, sobre todo en lo que son los entramados institucionales gestados por las propias comunidades, los espacios autogestivos, etc. – pero sin duda ese color es menos pronunciado que en otras épocas.
En un momento en el que cada vez más leemos en plataformas digitales una significativa amplificación de discursos de odio, ¿qué estrategias creés que ofrece el arte queer y sus modos de representación para resistir o subvertir esos discursos?
Esa es la pregunta del momento y no creo tener una respuesta. Mi respuesta automática, casi instintiva, es que deberíamos poder ejercitar mucho más nuestra capacidad para la ironía y el humor. Reírnos un poco más, responder a los insultos con sarcasmo… Reflotar esas estrategias, lo que se llamó en un momento “la alegría como estrategía” (es un concepto de Roberto Jacoby), en un contexto desolador y violento. De ningún modo puede ser la única estrategia, por cierto, pero tiendo a creer que nos falta un poco de eso, que hemos caído en una seriedad, en una afectividad grave, que de algún modo nos paraliza. Entiendo por qué respondemos con gravedad – después de todo son problemas serios – pero creo que en nuestro repertorio hay un abanico de “tretas del débil” (esto es de Josefina Ludmer) que deberíamos intentar rescatar y potenciar. Esto también implica seleccionar cuidadosamente las batallas en las que nos metemos como comunidad; estudiar el terreno para no caer en todas las provocaciones, que son constantes y claramente buscan generar agotamiento y deserción.
Si tuvieras que elegir una obra de arte visual o práctica artística contemporánea que interpele o represente lo queer en la actualidad, ¿cuál sería y por qué?
Hmm. Me cuesta pensar en una obra que represente lo queer en la actualidad. Justamente lo queer siempre ha tratado de quebrar lógicas simples de representación, de batallar contra ideas monolíticas de identidad, etc. En ese sentido, pienso en el proyecto del artista italiano Marco Scotini Disobedience Archive, un video archivo móvil y en constante evolución que se manifiesta de distintas maneras en distintos contextos. El último, si no me equivoco, fue en la última Bienal de Venecia, donde asumió la forma de un zoótropo, una máquina estroboscópica que anticipa el cine. La instalación era un tambor circular con cortes e interrupciones que contenía obras de más de 50 artistas de todo el mundo, incluyendo muchos de América Latina y muchos que trabajan desde una perspectiva queer o dan testimonio de una experiencia queer. La obra me parece interesante formalmente, pero también como puesta en escena espectacular del principio archivístico, tan central y decisivo en nuestras historias y en las políticas de la memoria que hemos imaginado y a veces concretado desde nuestras comunidades. Había allí obras de grandes artistas como Carlos Motta, Pedro Lemebel, Jota Mombaça y otres. Y me gusta pensarlo en serie con proyectos no artísticos, pero sí activistas como Archivos Desviados, de Juan Queiroz, que tuvo una suerte de traducción a la web en Moléculas Malucas.
Pero acaso no sea en el campo de las artes visuales donde el imaginario queer se presente de modo más vibrante en la actualidad. Pienso en la literatura, sobre todo la literatura de ciencia ficción, que están haciendo los jóvenes en América Latina. También en cierto cine, decididamente inquietante, que nos permite avizorar formas de vida que ya no son las nuestras, en toda su belleza y todo su terror. En este sentido, una película que mencionaría y que sí “representa” este momento estético e histórico es Titane, de Julia Ducornau. Es una película feroz, violenta, que se asoma a la extrañeza de una vida precaria al extremo y que a la vez se permite soñar contactos y comunidades fugaces, de modos que recuerdan a Fassbinder (un Fassbinder pasado por el cyberpunk, la electrónica y el éxtasis).