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28/09/2024

Balada de Lila Zemborain: Escribir la cara de Hitler

Entrevista a Lila Zemborain

Compartimos una entrevista exclusiva con Lila Zemborain, poeta y crítica literaria argentina, residente en Nueva York desde 1985. Ha publicado siete libros de poesía que han sido compilados en Matrix Lux (2019). Además de varios libros en colaboración con artistas, ha publicado el libro de no-ficción Diario de la hamaca paraguaya (2013) y el ensayo Gabriela Mistral. Una mujer sin rostro (2002), ambos editados por Beatriz Viterbo. Es co-fundadora y profesora de la Maestría de Escritura Creativa en Español de New York University, y organiza desde el 2004 la serie KJCC Poetry Series en esa universidad. En el 2007 recibió la beca John Simon Guggenheim por su proyecto híbrido de no-ficción y poesía Álbum.

Sos una de las creadoras de la Maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York (NYU). ¿Influye esto en tu propia escritura?

Creamos la Maestría de Escritura Creativa en Español de NYU con Sylvia Molloy y Mariela Dreyfus en 2007 y ha sido una experiencia fundamental compartir los procesos creativos con tantos estudiantes. Por un lado, estar en contacto con gente joven que escribe en registros diversos del español es un incentivo increíble para la propia escritura. Por el otro, encuentro que hay dos aspectos con los que hay que tener cuidado. Uno es que la corrección de los textos de los estudiantes no agote tu capacidad para corregir tus propios textos durante el semestre, aunque también está la ventaja de que te da una mirada crítica muchísimo más amplia. El otro es que los temas que te obsesionan no sean fagocitados por los estudiantes y pierdan sentido en tu propia escritura. Pero, siendo que mis clases están planteadas de manera horizontal, evitando las jerarquías, he aprendido muchísimo de las intervenciones de los estudiantes que traen puntos de vista actuales y muy sofisticados.

 

¿Qué te llevó a tomar la decisión de mudarte de Buenos Aires a Nueva York y cómo ha impactado en tu desarrollo como escritora?

Nos mudamos a New York en 1985 junto con Rafael Bueno con la idea de hacer una experiencia de seis meses. Él es artista y quería experimentar de primera mano la movida artística de New York. Yo nunca había pensado en vivir en otro país, pero para aprovechar el viaje decidí probar un semestre en la Maestría en Literatura Hispánica de NYU. Había estudiado Letras en el Salvador entre Isabelita y la dictadura y había quedado agobiada con la experiencia. Ni bien llegué en julio de 1985 tuve la suerte de que me ofrecieran la posición de Teaching Assistant porque uno de los instructores a último momento dejó el puesto por motivos familiares. La posición no sólo me cubría la matrícula del programa, sino que también recibía un pequeño sueldo por enseñar clases de español. Esto definió el futuro. Hace casi cuarenta años que vivo en New York.

A pesar de que a principios de los ochenta había autopublicado una pequeña plaquette de poemas de cuatro ejemplares en Buenos Aires (gracias a dios perdidos), no tenía continuidad en mi escritura ni estaba relacionada con poetas de mi generación. Durante la maestría también tuve la suerte de tomar un curso de poesía con Nicanor Parra y uno de los requisitos era escribir un diario de las lecturas. De esos diarios sale mi primer libro de poesía Abrete sésamo debajo del agua, publicado por Último Reino en 1993.

Yo me considero una escritora de Nueva York. Todos mis libros fueron escritos en español con esa particularidad que es la extranjería. Aunque al principio escribía para la Argentina, el círculo se fue ampliando al conocer poetas y poéticas de aquí, que influyeron en mi manera de escribir. Me dieron una libertad formal que desconocía y la capacidad de considerar el trabajo poético como un acto investigativo. La traducción de cuatro de mis libros al inglés también ha sido una experiencia importante a nivel del trabajo exhaustivo con el lenguaje y de la visibilidad de mi poesía que ha sido publicada en versiones bilingües por pequeñas editoriales muy buenas. Además, formo parte de ese creciente y variado grupo de escritores que escriben en español en Estados Unidos, lo cual nos aporta ciertas particularidades, como la dislocación, muy bien analizadas por Gisela Heffes.

 

Tu libro, El linaje escondido, recientemente publicado por Beatriz Viterbo, explora una compleja relación con tu pasado familiar que te lleva incluso a preguntarte por tu propia identidad. ¿Cómo fue el proceso de convertir estas experiencias de vida en material literario?

El proceso comienza, creo, el 11 de septiembre del 2001, pero tal vez comenzó mucho antes. Yo vivo en Tribeca y mi hijo de 10 años estaba en la escuela más cercana a las Torres Gemelas. Experimentamos como testigos presenciales ese bombardeo humano y la muerte de 3000 personas en el lapso de una hora. Durante meses sentimos el olor de la violencia en nuestros cuerpos y me tomó años procesarlo. Llevada probablemente por el olfato, en el 2004 se me ocurrió volver a mirar un álbum de postales con propaganda nazi perteneciente a mi abuela paterna que robé de un armario en 1978 en Buenos Aires, cuando ella se estaba muriendo. Diez de las postales contienen una carta escrita en los años 30 por su hermana que se las enviaba desde Alemania. El hecho de transcribir esa carta que habla de banalidades en el reverso de la imagen de Hitler generó una obsesión por saber más sobre la conexión de mi abuela con el nazismo, lo cual me llevó a hablar con varios de mis parientes. Allí vine a descubrir que en las bibliotecas de la casa de campo de mi abuela, que ahora es nuestra, hay libros en los que mi abuela dibujó con un lápiz una esvástica en la cubierta. El problema que se planteó en ese momento fue ¿qué hago yo con ese material que he heredado, que ahora es mío? ¿qué se hace con ese linaje escondido? Esto desató la escritura obsesiva de mis diarios que se enfocaron desde el 2004 al 2008 casi exclusivamente en ese tema, a partir del cual intenté reflexionar de la manera más honesta posible sobre cuestiones familiares, literarias, políticas y filosóficas.  Llegar al formato actual del libro me llevó 20 años.

 

¿Qué fue lo que te motivó a la elección de la segunda persona para narrar aquello que se cuenta en El linaje escondido?

Los diarios están escritos en primera persona y tienen una densidad que me impedía editarlos. Varias amigas escritoras me decían hay demasiado material, hay que cortar. Pero me era imposible separarme de la pulsión con la cual fueron escritos. Hasta que un día, no hace tanto tiempo, se me ocurrió pasar todos los fragmentos que había seleccionado a la segunda persona. Y ahí se produjo el milagro. Con la segunda persona pude separarme del empaste que me producía el yo, pude realmente darme cuenta de qué había que extirpar y cómo hilvanar los materiales. Fue algo trabajoso, pero a la vez sencillo que resolvió el formato. Me comenta además la gente que lee el libro que esa segunda persona, ese “vos”, involucra al lector, lo hace partícipe de los cuestionamientos que constantemente aparecen. “Tu libro me hace pensar”, dicen.

 

Este libro forma parte de un proyecto más amplio. ¿Cómo ves su lugar en relación con los otros volúmenes que lo acompañarán?

Este es el primer libro de la serie Álbum que originalmente tenía cuatro volúmenes que ahora serán tres. El linaje escondido, el primer volumen, abarca del 2004 al 2007, el tiempo que me llevó revisar las bibliotecas de mi abuela para ver en qué libros y hasta qué año mi abuela puso la esvástica en las tapas. Este es un trabajo que hacía durante las vacaciones de invierno de NYU cuando iba a Monte a pasar las fiestas y que continuaba en New York investigando en mis diarios sobre la relación con mi abuela y su herencia, el nazismo, la dictadura y otras cuestiones que fueron apareciendo. Este ir y venir entre países fue muy productivo y forma parte sustancial del libro. No hubiera podido escribirlo sin este vaivén. El segundo volumen Cédula de identidad es más reflexivo. Comienza con cartas que yo le escribo a mi abuela muerta hace 30 años a manera de respuesta a las postales y continúa con una reflexión sobre la sacralidad de la vida y la crueldad, entre otras cosas, siempre en este contexto autobiográfico de los diarios. Aquí el texto retoma la primera persona, porque es el yo contemporáneo el que habla en contraposición al yo de los veinte años más relacionado con mi abuela en el primer volumen. Incluye también una selección de textos de Birome Bic azul escritos por mí en los años setenta, como testimonio de un yo en crisis con el contexto familiar e histórico. El tercer tomo, Álbum, es el proyecto original de la serie: la escritura de poemas ecfrásticos sobre las postales de propaganda nazi que guardó mi abuela en su álbum. Con este proyecto me otorgaron la Guggenheim en el 2007 y fue más perturbador de lo que me imaginé. La idea era poder mirar a Hitler a la cara y escribir poemas a partir de eso, cosa que fue imposible en ese momento. La cara de Hitler en relación a mi familia me daba pavor. Y es por eso que empecé a escribir los diarios. Cuando pude escribir los poemas en el 2008, después de haber visitado un campo de concentración en Alemania y la Esma en Buenos Aires, finalizó la escritura de los diarios. Ese volumen que cierra la serie retoma el lenguaje poético y cumple con su misión: escribir la cara de Hitler.

 

La historia familiar que narrás tiene resonancias históricas que son nodales al siglo XX y que aún nos trascienden. ¿Cómo fue confrontar esa herencia y qué impacto tuvo en tu vida actual?

Todavía no sé bien cuál es el impacto de este libro en mi vida actual. Puedo reconocer por ahora la liberación de un miedo que vine arrastrando por veinte años. Por un lado, un miedo tremendo mientras escribía los diarios y mientras los corregía, un miedo ecfrástico, según me ayudó a entender María Mascheroni, a las consecuencias ominosas que pueden tener las imágenes. Por el otro, el miedo a la recepción del libro: dependiendo quien lo leyera, quedaba mal con dios y con el diablo.

 

En el año 2014 publicaste, también por Beatriz Viterbo, El diario de la hamaca paraguaya donde vemos el lenguaje poético devenido texto narrativo que, a su vez, configura un diario. Hay allí una pregunta por la lengua, por el espacio, por la identidad ¿podría pensarse alguna relación entre el yo de ese diario y ese “vos” de El linaje escondido? ¿Por qué en ambos textos escogiste la narración en detrimento de la poesía?

Los textos de El diario de la hamaca paraguaya fueron escritos entre 2002 y 2003 y anteceden los textos del Linaje. No sé cuándo se perdió la fecha de composición que siempre incluyo en mis libros publicados. Para ese momento ya había escrito Rasgado que es un diario poético sobre la caída de las Torres. Y pensé: ¿Por qué disfrazar el diario con la estructura poética si todos mis textos salen de los diarios? Y por eso publiqué los textos de la Hamaca en prosa y con la palabra diario en el título. Tiempo después, cuando estaba armando el libro, pensé también que los textos sobre las postales iban a tener ese mismo formato. Que se vayan acostumbrando los lectores, pensé. Pero la que se tenía que acostumbrar era yo.

En mis diarios obviamente se mezcla la prosa con la poesía. La mayor parte de los textos que me interesa publicar son los que entran en un determinado ritmo que me hace llevar la escritura a otro nivel. Y aunque sean prosa para mí surgen del impulso poético.

 

Sylvia Molloy a propósito de tu libro Gabriela Mistral, una mujer sin rostro (Beatriz Viterbo: 2003) señala que lográs construir una lectura que “sorprende los repliegues y las ricas contradicciones de un sujeto que enuncia, como al descuido: "Estoy en donde no estoy". Fuiste pionera en la lectura de Mistral, viste en su obra esta complejidad que señala Molloy para pensarla ¿Qué de Mistral captó tu atención? ¿Hay algo de su escritura que pueda leerse en la tuya?

Lo que me dio Mistral fue la posibilidad de pensar en las distintas formas de representación que puede adoptar el sujeto lírico y por eso me fascinó analizar el cambio de nombre como primera forma de representación de la voz de una escritora, además de otras representaciones como el sujeto elegíaco, el sujeto maternal y el sujeto profético. No hay una sola Mistral, y por eso dice “Estoy en donde no estoy”. Esa posición de “no estar” que Mistral describió tan bien en poemas como “La extranjera” o “Balada de mi nombre” es tal vez lo que más me atraiga hoy que vivo hace tanto tiempo fuera de la Argentina.