Nació en La Plata (Argentina) en 1964. Egresado de la carrera de Letras, ejerce la docencia en el colegio secundario. Es fundador y coordinador de la revista de literatura LA MUELA DE JUICIO. Con LA TEMPORADA fue finalista del Premio Novela Planeta en 1996. Tiene un libro de poemas inédito, DOROTEA, la rosa del 90 y su segunda novela, LA YUGOSLAVA, ganó el Primer Premio del Concurso de Novela Breve Leopoldo Marechal, edición 2001.
FRAGMENTO. Como un espectador más presenció la escena en que depositaron la jaula vacía sobre la rampa de la barca: a primera vista también un hombre de dimensiones normales cabía en posición horizontal entre los barrotes. Con un cálculo rápido Tatá precisó que el escaso margen de espacio libre entre la jaula y las laterales de la nave sería todavía dominio desperdiciado, porque cualquier zarpazo de la fiera cubriría con creces el trecho hasta la madera: el extremo de proa quedaría prácticamente perdido. Aun a riesgo de que se empapara una y mil veces durante el periplo de vuelta, no había consentido transportar el felino en ningún otro lado que no fuera la proa; el agua, incluso, podría servir para mantenerla calma. La exigencia había sido cumplida al pie de la letra: dos cadenas con aros de hierro soldadas a los parantes traseros de la jaula fueron amuradas a la quilla por afuera del barco; lo que no se había previsto era hacia cuál de los lados apuntaría la puerta, que finalmente quedó orientada a popa, es decir, hacia la cabina. Hubiera preferido que el acceso a la celda mirase a proa, aunque bien pensado el deseo tenía su cuota de superstición, pues si el animal conseguía zafarse de su presidio, que la puerta señalase al norte o al sur modificaría poco las cosas. Tal vez, se decía, con el jaulón bien arrinconado al ángulo que forma la estructura, la puertita, incluso zafada, no daría la abertura suficiente como para que se escabullera la fiera. Flor de mareo le esperaba al bicho. Pero tenía una consistencia débil el problema de la puerta: antes que nada era imprescindible hacerse de una buena vez a la idea de que viajaría unos días con la bestia. Si no, lo iría ganando a dentelladas la intranquilidad, cuyos efectos comenzaba ya a reconocer. …